Cuando comencé este chiste de blog tenía el firme interés de usarlo para compartir todo aquello que me pareciera relevante sin considerar su procedencia. Hoy haré honor a esa convicción mostrándoles un video que mi amigo zmx80 realizó como parte de un proyecto fotográfico. Espero lo disfruten tanto como yo.
Ayer, después de mucho posponer, acudí a la Cineteca Nacional para ver “Los ladrones viejos. Las leyendas del artegio“, el documental de Everardo González sobre una generación de sujetos dedicados a esta actividad en el México de los sesentas y setentas.
Tratando de marginar los juicios de valor, sólo quiero pronunciar lo siguiente: ¡Vaya manera de aprender de la mano de un puñado de delincuentes con mucho por contar! Fui con pocas ideas preconcebidas y recibí a cambio un curso exprés de folclore nacional, señas idiosincrásicas de los tiempos en que, citando a mi padre, “amarraban a los perros con longaniza y no se la comían”. Y qué decir de los registros iconográficos rescatados de las páginas de los diarios que vendían las notas como pan caliente capitalizando la violencia, lo prohibido, lo alarmante: puro deleite visual.
Uno no puede evitar simpatizar con estos hombres, piezas de museo que constituyen el ADN delictivo de antaño. ¿Cómo no encariñarse con ellos? Nada más sus motes me bastan para sonreír: “El carrizos” (por delgado, pero también bautizado por la prensa como “El rey de los zorreros”), “El Fantomas” (la amenaza elegante, por su puesto), “Xochi”, “El burrero”, por mencionar algunos. Nuestros propios antihéroes, ilustres guerreros de la eterna batalla entre bien y mal.
Cuatro meses han pasado desde que dejé el cigarro de manera definitiva; desafortunadamente mi consumo de café se ha duplicado. Con esta bebida tengo una relación añeja: de ser consumidor ocasional hasta intento de barista. Como ya no me permito el vicio de echar humito, me conformo con el de quemarme la lengua a tragos (me gusta bien caliente). Hay días en que ingiero unas cuatro tazas “estándar” ¿Será eso sano?
En fin, al menos trato de consentirme con elaboraciones de buena calidad y no caer en las garras de esas cafeterías que-hay-en-todos-lados, aunque, claro, de vez en cuando me gana la tentación.
Oh, oh. Son más de las 4 a.m. ¿Dije cuatro tazas? Creo que hoy fueron cinco.
Me encontraba cavilando por la red cuando un tuit de zmx80 me recordó la canción “Human Disco Ball”, de Plastilina Mosh, y su misterioso vocoder; nunca entendí qué fregados decía la voz que lleva la melodía, pero zmx80 acabó con el misterio al pasarme un enlace con la letra correspondiente.
Así que, en su honor, he aquí la transcripción –con errores de ortografía reducidos, porque la original estaba pa’ llorar–:
Desde que la memoria me funciona con propiedad he sido un escucha cotidiano del blues, no llego a experto, pero algo sé del género. En incontables ocasiones me he encontrado solo en esta afición cuando charlo con amigos y conocidos (no es realmente popular entre los jóvenes mexicanos; si se le compara con el rock, la electrónica, las cumbias, el merengue, lo norteño y todas sus variantes, el blues es de verdad una rareza), pero hoy sí quedé con la boca abierta: mientras tecleo este chiste que pasa por post, alguien, me parece que el vecino del edificio de enfrente, reproduce en alto volumen piezas clásicas de John Lee Hooker y B.B. King… o al menos eso deduzco del eco que apenas roza mis oídos; con tanta contaminación auditiva en esta mugre ciudad, es una gloria que sus alaridos musicales lleguen a mi maltratada cabeza.
No soy el único. No hoy.
¡Genial! Hoy encontré un compa bluesero, mañana, quizá, encuentre algún fanático de “The adventures of Pete & Pete“. Si tan sólo…
Si no me falla el cálculo, mi amiga Ties se mudará a la monstruosa ciudad que me acoge en cosa de 3 semanas… comienzo en su honor la cuenta regresiva mental. ¡Ties, no olvides hacer espacio en tu agenda para tomarnos un café o cerveza!