El pasillo largo hacia la sala de espera es extrañamente confortable, como una siesta vespertina. ¿Será que hoy no quiero pensar en muchas cosas?
Hoy no me invade la apatía pero tampoco quiero meditar en las tribulaciones de mi vida sin ella(s). ¿Qué gano con eso? Nada. Son nada mis problemas comparados con los del sexagenario con enfisema del cubículo 2. ¡Ay, Javier! Siempre pensando en pequeñeces.
Menos mal que traje mis libros sobre fotografía de principios de siglo. La sala sigue vacía y por ahora eso está bien. Todo bien por acá, pase sin ver.






