Atahualpa Yupanqui cuenta que había un paisano que nunca había salido de la estancia y era ya hombre macizo. Y un día habría fiesta en el pueblo de al lado, y el estanciero le dijo: mira, ve a la fiesta, decídete, habrá canto y guitarreo y habrá mujeres, conoce el mundo, vívelo antes de morirte, vas y vienes en dos jornadas. Y fue el paisano y regresó a los dos días y trabajaba como ausente o alucinado y dejaba a medias la labor. Y qué –le dijo el estanciero–, cuenta. Ay patrón–dijo el paisano, incrédulo todavía– ¡lo que ve el que vive!
Sí pues. La frase es linda, y el mundo, bien mirado, tan ancho y misterioso en su confín como en las dos jornadas de ida y vuelta.
Este es el texto que sirve de preámbulo al libro de crónicas “¡Lo que ve el que vive!” de Ricardo Garibay. Hermoso.
Compré una copia por 10 pesos hace unos días y empecé a hojearlo (y ojearlo); no lo he podido soltar, Garibay, quien me era completamente desconocido, tiene una facilidad envidiable para enganchar ideas-conclusiones-imágenes que me recuerda mucho a las fotografías que intentaba hacer años atrás; rápidas, sin compromisos, crudas y “veraces”–¿la veracidad según quién?–, apuntes visuales de mi microcosmos. En fin, una buena lectura, recomendadísima.






