
En esta época donde se construyen ídolos al vapor para derrocarlos inmediatamente sin un ápice de remordimiento, no está de más repasar la vida de verdaderos pensadores que escribieron la historia con el único ideal de hacer de este un mundo mejor.
Arthur C. Clarke es uno de ellos. Y me da pena admitir que no sé gran cosa sobre su existencia… una pena infinita porque si este británico no hubiese realizado sus textos futuristas, Stanley Kubrick no habría trabajado a su lado en la exquisita “2001: A space Odyssey“, mi padre nunca la habría visto y, por consecuencia, nunca me habría incitado a verla y analizarla una y otra vez durante mi niñez; lo cual seguramente tendría un impacto negativo en mi vida, porque fue gracias a este filme (y otros más) que resolví que la imagen nos lleva más allá de nuestro propósito de supervivencia. Nos enlaza a la persecución de la belleza, por más perturbadora que sea, y nos remite también a la hermandad.
Así pues, desde aquí un agradecimiento eterno a Arthur C. Clarke y su vasta obra, de la cual sólo conozco una pizca pero prometo ir descubriendo.
Pasen por favor al sitio de la fundación que lleva su nombre y deléitense con el mini documetal de su vida.
Foto: del dominio público en Wikipedia






