Mi abuelo tocaba danzón en la Orquesta Carlos Campos, siempre me fascinó la cadencia de las notas salidas de su saxofón, aquella brillante herramienta de metal con la que se ganó la vida desde adolescente.
Cuando murió tomé un gusto mucho más profundo por el género; no es inusual que lleve, cuando menos, uno o dos álbumes de danzón en el iPod. Si voy por la calle y reconozco una pieza danzonera me siento comprometido a escucharla hasta el fin, no importa si llevo prisa.
Bailo tantito en mi mente y me pregunto si el abuelo sigue tocando desde allá arriba.






