Malas palabras
Con las malas palabras uno no se anda por las ramas; pueden ser contundentes, perturbadoras, ácidas y hasta alentadoras (¡hombre, el mexicano se pinta solo en esa especialidad!). Encuentro particularmente elocuente la reflexión escrita por Octavio Paz en “El Laberinto de la Soledad”, disculpen si la cita es un tanto extensa:
En nuestro lenguaje diario hay un grupo de palabras prohibidas, secretas, sin contenido claro, y a cuya mágica ambigüedad confiamos la expresión de las más brutales o sutiles de nuestras emociones y reacciones. Palabras malditas, que sólo pronunciamos en voz alta cuando no somos dueños de nosotros mismos. Confusamente reflejan nuestra intimidad: las explosiones de nuestra vitalidad las iluminan y las depresiones de nuestro ánimo las oscurecen. Lenguaje sagrado, como el de los niños, la poesía y las sectas. Cada letra y cada sílaba están animadas de una vida doble, al mismo tiempo luminosa y oscura, que nos revela y oculta. Palabras que no dicen nada y dicen todo. Los adolescentes, cuando quieren presumir de hombres, las pronuncian con voz ronca. Las repiten las señoras, ya para significar su libertad de espíritu, ya para mostrar la verdad de sus sentimientos. Pues estas palabras son definitivas, categóricas, a pesar de su ambigüedad y de la facilidad con que varía su significado. Son las malas palabras, único lenguaje vivo en un mundo de vocablos anémicos. La poesía al alcance de todos.
Palabras malditas, vocablos prohibidos encadenados a nuestra retórica fácil. Malditas como el pecado y liberadoras como el mismo. Un pueblo maldito para ellas. Un “¡hurra, cabrones!”, un “¡aleluya, hijos de la chingada!” tan fuerte como la fiesta más encendida en su honor. Ah, malas palabras, palabras prohibidas, nos cuestan, en ocasiones, el exilio de los amigos, la retirada humillante de un sitio. Nos mandan “a la chingada” y de vuelta. “A la chingada”… ¿quién es? Paz dice que se trata de la madre como figura mítica. Pero también denota victoria, fracaso, todo y nada. ¿Somos el pueblo del todo y la nada?
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