Delicatessen
Esos dos trozos situados al principio y al final del vulgar pan de caja me vuelven loco. ¿Será su textura? ¿Su color bronceado? Ni idea. Pero me funcionan, son un par de bellezas exóticas. Pocos los quieren; yo los devoro. Si mi suerte es mayor, gozo el privilegio de degustar un emparedado elaborado únicamente con estas rarezas. El jamón se vislumbra más sabroso y los condimentos clásicos toman vuelos fenomenales.
Unos concluirán que, de entre toda la gama de comidas bárbaras elaboradas con quién-sabe-qué materia prima, elegir el bastardo pan de caja es una clara bajeza gastronómica: ¿Cómo compararle con el caviar, el foie gras o las ostras? Amigos, no hay que hacerlo. Punto. Es decir, ¿quién osa comparar la comida de mamá con el pretencioso restaurante de moda cuya calificación es la más encumbrada según la guía Michelin? Sólo un verdadero cabrón.
Que quede constancia entonces, a este proletario déjenle su pan.
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