Estética de las estrellas
Tengo un secreto guardado celosamente, mi peluquero… mi “estilista” solía ejercer para la farándula mexicana, dice él. No puedo comprobarlo, no quiero de todas formas, si él se da mejor a su oficio y yo me siento medio famoso ¿a quién hace(mos) daño?
Corta con precisión y dotes de antaño, sin duda. Nada de máquinas estorbosas ni falsas técnicas: corta con navaja y harta puntería, como un francotirador capilar. Ya me había decidido a nombrarlo mi tijeretero personal desde la primera visita; cuenta historias a la manera de un abuelo, con su voz ronca de mil palabras, de mil lugares y mil colores: si los músicos encuentran placer en las variaciones tonales, él logra lo mismo con el sólo mover de sus labios de un relato a otro, columpiándose en la línea de tiempo que es su vida.
En la última visita, habiendo concluido en tiempo récord su labor, recibió el importe del servicio de mi mano y, mientras me disponía a salir disparado como si nada (es que soy de los callados), me sorprendió con un abrazo en honor de las fiestas que se avecinan. Quedé mudo.
Y por eso es mi estilista, el ganador de la navaja de oro, el alguna vez contratado por José José, el representante supremo de la verdadera experiencia “a la medida”, un modisto, dirían, de la melena.
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